A quien encuentre mi carta, sólo tengo un pequeño favor que pedirle, pase lo que pase, no me salve.
No necesito falsos profetas en mi vida, ni guías mágicos que todo lo saben, que todo lo han experimentado, que para cualquier problema poseen la solución mágica, dispuestos siempre a recitártela a voces, sin que tú se la pidas.
No soporto que me digan como vestirme, ni como tengo que llevar mi pelo para estar a la moda, ni que colores marcan tendencias esta primavera (y no, el pistacho no es un color, es sólo comida).
No quiero a mi lado fagocitadores de espacio, usurpadores de aire, ladrones de almas, que te rodean con tus tentáculos y su palabrería y te impiden escuchar tus propios pensamientos.
Esta carta no va dirigida a vosotros, si la encontráis, por favor, meterla de nuevo en su botella y lanzarla lo más lejos posible.
Pero si las manos que se topan con mi mensaje saben escuchar, acariciar en silencio, agacharse para ayudarme a levantar, cuando el destino me pone trabas y tropiezo en ellas, si son capaces de querer con imperfecciones, de consolar sin sermones, entonces, por favor, que sigan la estela que va dejando mi botella mensajera y se dirijan a mi encuentro.
A su lado, deseo compartir las horas de camino que aun me queden.
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Encarni