
Unas pequeñas gotas de sudor resbalaban por su frente fruto
de los nervios y el esfuerzo realizado. Sus manos, grandes y callosas, se
afanaban en el manejo de las herramientas sin permitir que nada perturbase su
concentración. Su objetivo se encontraba frente a sus ojos, casi podía apreciar
el brillo del ansiado metal. Con suerte en unos instantes disfrutaría de su
gélido tacto.
Los meses de trabajo al fin obtendrían sus frutos, tantas
horas planeando, estudiando planos, sopesando las vías para transportar su
tesoro y lograr venderlo. Tanto dinero empleado en la maquinaria necesaria para
realizar la perforación perfecta, para taladrar aquella roca que le separaba de
sus sueños.
Un golpe más y ya podría introducir su brazo por la
hendidura, sólo uno más.
Sus dedos se estiraron hasta el límite del dolor, casi
rozaba el objeto de su deseo,
cuando un sonido atronador golpeó su cabeza.
El instinto de supervivencia y sus deseos de permanecer
libre, empujaron su cuerpo fuera del improvisado butrón. Sin detener su carrera
para recoger las herramientas, se alejó maldiciendo al inútil de su compinche,
incapaz de anular la alarma de aquella joyería.




